STEVE JOBS

Por José Ramón Ledesma – www.adolescentesconpersonalidad.net/

En Steve Jobs, el actor alemán Michael Fassbender interpreta al personaje en tres momentos públicos distintos, tres lanzamientos emblemáticos de productos: el Macintosh en 1984, el NeXT computer en 1988 y el iMac en 1998. En cada uno de ellos Jobs muestra su faceta pública, pero también sus relaciones personales llenas de contradicciones. Así, junto al protagonista conoceremos a Joanna Hoffman (Kate Winslet), la Jefa de Marketing de Apple, a Steve Wozniak (Seth Rogen), cofundador de Apple, al CEO John Sculley (Jeff Daniels), que tiene para Jobs una gran ascendencia, a su pareja Chrisann Brennan y a Lisa, la hija a la que se negó a reconocer durante años. El guión muestra la clase de persona que era Steve Jobs (orgulloso, brillante, acomplejado, con una gran falta de empatía y poca tolerancia a la frustración), y también su perfeccionismo en aspectos profesionales y de marca como el diseño, la imagen y el marketing de cada uno de sus productos, así como su maniático empeño por el control absoluto. La historia permite un acercamiento original al hombre sin el cual el mundo que conocemos hubiera sido muy distinto.

Danny Boyle, un director poco convencional con un peculiar estilo visual, asume la responsabilidad de mostrarnos a uno de los personajes más importantes del ámbito de la tecnología, la comunicación y la cultura popular del siglo XXI. Estamos ante una lectura posible de lo más significativo de la vida del fundador de Apple. En Steve Jobs se revelan aspectos poco conocidos del genio nacido en San Francisco en 1955, en una historia que ilustra las diferencias entre su imagen pública y la privada, extraordinariamente brillante en aquella y mezquino en esta. Boyle y su guionista Aaron Sorkin entrelazan la brillantez profesional de Jobs y sus escasas habilidades sociales, y Fassbender plasma esas facetas (genialidad, egoísmo, sensibilidad…) en apenas unos segundos con un trabajo notable que le augura numerosos premios. La película sugiere que muchos de los personajes a los que admiramos por su faceta pública no son ejemplares en su esfera privada. Lejos de las actuaciones o escenificaciones bajo los focos, es en la distancia corta —en las relaciones personales y familiares—, donde las cualidades de alguien se revelan en su verdadera forma, donde más deberíamos fijarnos para considerar a alguien ejemplar o vulgar, virtuoso o excéntrico.