CADA ENFERMO ES DISTINTO…
Testimonio de un parapléjico
Intervención de Guillermo Juez en el workshop “La experiencia del dolor y del sufrimiento”. Este artículo, con otros, se encuentra en las Actas de del Congreso Internacional “La Grandeza de la Vida Corriente”, publicado por la Pontifica Universidad de la Santa Cruz. Para más información: www.pusc.it.
Por ejemplo, hablando de estas cuestiones, hace tiempo en Pamplona, con un ciego que ahora se está quedando sordo, él se fijaba en puntos distintos que yo, que soy parapléjico. Esto me ha llevado a admirar más la riqueza del mensaje de san Josemaría. Paso a explicar algunos aspectos, […] pero hay muchos otros.
Para dar sentido a la enfermedad misma. Hace años, cuando salí de la Clínica después del accidente, me apunté en una asociación de minusválidos. Allí me informaron de los logros que pensaban alcanzar: supresión de barreras arquitectónicas, subvenciones […] Me dieron consejos prácticos para el manejo de la silla. Me enseñaron a salir y entrar en el coche con independencia. Todo eso es muy útil, pero no va al fondo de la cuestión. La clave es dar sentido a la discapacidad en sí misma, dar sentido al sufrimiento.
Para esto la idea de san Josemaría que me ayudó desde el momento del accidente fue: «estar en la cruz es ser Cristo, y por eso hijo de Dios» (Surco, 70). San Josemaría une la cruz de Cristo con la alegría por ser hijos de Dios. Jesucristo, el Hijo de Dios, sufriendo la muerte en la cruz ha redimido a toda la humanidad, y ha dado sentido y eficacia al dolor. Entonces, cuando estamos en nuestra cruz, en el sufrimiento, podemos ser más Cristo y por tanto, más hijos de Dios, más amados por Dios Padre. Somos más felices y también más efícaces porque ayudamos a redimir el mundo.
Si Dios quiere que la silla de ruedas y lo que ella trae consigo me ayuden a ser más Cristo, más amado por Dios Padre y más eficaz, entonces la enfermedad tiene sentido, merece la pena. Ya no se es feliz a pesar de estar en silla de ruedas, sino que se es feliz porque se está en silla de ruedas. Este es un cambio importante. Y la consecuencia final es sencilla: dar gracias a Dios por estar en silla de ruedas.
Las otras ideas surgen de una anécdota ocurrida en Ecuador en 1974 que me relataron en una ocasión y que he llevado a la oración muchas veces. San Josemaría llevaba varias semanas de catequesis agotadora por distintos países de Sudamérica. Estaba en Quito seriamente enfermo por el mal de altura y otras complicaciones. Cuando alguien le comentó que le daba pena la situación, vino a decirle con éstas o parecidas palabras: «¡Si lo estoy pasando colosalmente en Quito! Estoy muy contento. Jesús, acepto vivir condicionado estos días y toda la vida y siempre que quieras. Tú me darás la gracia, la alegría y el buen humor para divertirme mucho, para servirte y para que la aceptación de estas pequeñeces sea oración llena de amor».
De ese recuerdo creo que se pueden entresacar al menos cuatro consecuencias: aceptar la voluntad de Dios; descubrir que Él nos da la gracia proporcionada a nuestras dificultades; nos invita a sobrellevarlas con alegría; nos hace ver que en el fondo se trata de pequeñeces. Voy a detenerme en ellas por un momento:
1. Acepto vivir condicionado. Recuerdo que al salir de la unidad de cuidados intensivos después del accidente, comencé la rehabilitación. Era probable que me quedara paralítico, pero no era seguro. Entre los lesionados que hacían rehabilitación eran frecuentes los comentarios preocupados sobre el tiempo de la recuperación y las posibles secuelas. A mi me ayudó repetir está frase: «acepto vivir condicionado, paralítico, estos días, toda la vida y siempre que quieras». Entonces, afronté la rehabilitación más tranquilo. Se ponen todos los medios, sabiendo que la recuperación no será ni un minuto antes, ni un minuto después, ni un milímetro más, ni un milímetro menos de lo que Dios quiera. Y que eso sera lo mejor para mí. Me ayuda repetir dos jaculatorias que he aprendido meditando el ejemplo de san Josemaría: «Todo es para bien» y «Señor, sírvete de mí como quieras».
Se trata de vivir cada día todo lo anterior. Recojo aquí puntos breves aprendidos de san Josemaría.
Alguna vez me han preguntado: ¿te has enfadado un poco con san Josemaría porque no ha conseguido tu curación?, o ¿cómo es que no ha intercedido para curarte? Después de todo lo dicho, la respuesta es clara: me sienta bien la silla de ruedas. La paraplejia (o cualquier enfermedad) es la oportunidad que Dios nos da para que adquiramos una serie de virtudes sobrenaturales y humanas que de otro modo no hubiéramos adquirido. Nos permite desarrollar –no digo que sea fácil- paciencia, visión sobrenatural, capacidad de sacrificio, agradecimiento por las ayudas, humildad, perseverancia, etc. Además –y no es poco- ganar en purificación por los propios defectos y obtener méritos para el Cielo. Este es el favor que me ha concedido san Josemaría: he perdido muy poco físicamente y me ha ayudado a enriquecerme espiritualmente.
Además, cuando Dios no concede ciertas cosas, siempre suele añadir: “te basta mi gracia” (2 Cor, XII, 9).
