ETERNAMENTE YOLANDA
En ocasiones, la vida nos pone a prueba y es en estos casos cuando descubrimos nuestro interior verdadero. Padecer una grave enfermedad, sufrir problemas de pareja, serias dificultades económicas o enfrentarnos a la muerte de un ser querido, son situaciones límite que nos hacen replantearnos el día a día y empezar desde cero.
Ante las más terrible desgracia cíclica de perder a un ser querido para siempre, padres, hermanos… se antepone la aun más cruel, que es la de perder un hijo. Ante esta tesitura extrema, cada persona reacciona de una manera distinta, aunque la más amplia mayoría se hunde en la más honda pena y su vida queda truncada para siempre.
Para aceptar este hecho doloroso, aunque natural, es necesario tener dosis infinitas de fe, o aprender con el tiempo a salir, más o menos airosos, de esa amarga experiencia.
Los síntomas de este proceso de duelo y de asumir que la vida se transforme de manera radical de la noche a la mañana, son varios:
– Shock: Esta etapa hace referencia a los momentos posteriores a la tragedia. La persona que la ha padecido no se cree lo que le ha pasado, hasta el punto de negárselo a sí mismo, y siente una tremenda rabia.
– Anhelo: En esta fase, la persona añora su vida anterior a la desgracia. Siente ansiedad y se encuentra triste, porque ya sabe que no hay vuelta atrás, y debe empezar una nueva etapa vital.
– Depresión: La persona siente apatía, indiferencia. Percibe que su vida ya no tiene sentido. Es frecuente que esta actitud le lleve a un largo periodo depresivo.
– Reorganización: Poco a poco, se empieza a aceptar la nueva situación, y van remitiendo las emociones de tristeza y abatimiento. A estas últimas me gustaría referirme y a pesar de lo doloroso, encontrarle algún sentido humano a la marcha de Yolanda de este mundo.
Según la psiquiatra Elisabeth Kubler-Ros, una de las mayores expertas mundiales en el tema de la muerte, “La experiencia de morir es casi idéntica a la experiencia del nacimiento. Es el nacer a una forma diferente de otra clase de existencia. Morir es mudarse de una casa a otra mucho más bella. Es como el gusano de seda que se va encerrando en su capullo y realizada su metamorfosis, se libera de él, y sale a la luz convertido en una preciosa mariposa de preciosos colores”.
Estas y otras variadas definiciones podrían motivarnos a dar algún sentido a tan penosa y controvertida materia. Pero dejando de lado la metafísica, deseo centrarme en las leyes naturales, como cuando soplan vientos fuertes, y el bambú o el junco los soportan doblándose una y otra vez, hasta que las circunstancia adversas cesan y recuperan su estado natural sin haber sufrido daño alguno. O, referirme netamente a reflexiones personales que, de alguna manera, me están enseñando a entender y resignarme a vivir en ausencia de la radiante sonrisa de Yolanda.
Empezaré diciendo que creo que la muerte no nos roba a los seres amados, tal y como lo podemos entender, al contrario, creo que nos los guarda y los inmortaliza en nuestro recuerdo para siempre. La vida, la propia vida, sí que nos los roba, y muchas veces definitivamente. Alguna misión importantísima la ha empujado a viajar al cielo cuando en la tierra nos hacía tanta falta…
No obstante, pienso que Dios no se lleva a nadie antes de tiempo. No tiene prisa, Puede que para nosotros sea pronto, y no lo entendamos. Pero en palabras de la propia Biblia “Lo que tú no entiendes hoy, lo entenderás mañana…” Y aunque no veo la arrolladora y dinámica figura de Yolanda, siento, cada día más, que su limpio y generoso corazón me sigue hablando. Nos sigue queriendo y nos transmite esperanza. Pues aún cuando la muerte se precipita sobre las personas, la parte mortal se extingue, pero el principio inmortal regresa sano y salvo al hogar celestial desde donde nos acompañará en todo momento.
Aunque mi condición de mortal me siembre de dudas en momentos de sombras, me gustaría incrementar mi voluntad de creyente. Pues admiro firmemente a los que de verdad lo son, y están repletos de fortuna por disponer de mayoría de recursos espirituales que les permiten vivir con más dignidad y resignación sin derrumbarse ante la pena. Además, por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes, y a Dios no hay que pedirle una carga ligera, sino unos hombros fuertes para soportarla.
Por todo ello, Yolanda, ayúdanos a superarnos, a no cansarnos nunca de estar empezando, a que no nos asalten las dudas de que todo perdió su sentido, a que siempre haya una esperanza, un “te quiero”, un amigo en el que confiar, una persona como tú, con la que se pueda pensar en voz alta. No permitas que todos los días nos resulten iguales, porque es malo que el hombre deje de percibir las cosas buenas que surgen en su vida, las valore y disfrute.
Si las semillas sembradas en la tierra negra pueden llegar a convertirse en rosas tan bellas, ¿qué no puede llegar a ser el corazón del hombre en su camino hacia las estrellas?
Ahora se cumplen los 6 años que te separaste físicamente de nosotros. A pesar de ello, puedes estar segura que, cada día, te queremos y recordamos más. Miro hacia el cielo y mi mirada encuentra la luna que a ti tanto te gustaba. Seguiré mirando a ella, ya que su reflejo me devolverá el eco de tu impecable rostro. Gozoso, apuntaré con mis ojos a esa luna romántica, consciente de que, aun cuando falle, aterrizaré en las estrellas, porque, sin duda, en ellas amorosamente estarás tú. Pues tal y como decías, “el amor debería ser el eje que moviera el mundo, la razón de la cordura y el hilo que te ate a la locura. Si has de perderlo todo, que sea por amor.”
Ayúdanos a conseguir que así sea, y a que seamos felices, pues el mayor pecado que podemos cometer es no serlo.
Mientras tanto, y hasta nuestro definitivo encuentro, leeré una y otra vez aquellos sentimentales versos que decían:
“Si alguna vez me siento derrotado / renuncio a ver el sol cada mañana / rezando el credo que me has enseñado / miro tu cara y digo en la ventana /
Yolanda, Yolanda
¡¡Eternamente Yolanda!!
