LA FAMILIA FRENTE AL TELEVISOR
Cuando allá por los años sesenta del pasado siglo, la televisión
irrumpió en las casas de nuestros padres y abuelos, no eran seguramente
conscientes de la importancia e influencia que este medio iba a tener en el
futuro.
Lo que surgió como una esperanza de actualización, cultura,
información inmediata y transmisión de valores reinantes en la época y que
pudiera llegar a todos y cada uno de los lugares más remotos de la geografía se
ha convertido en las últimas décadas en algo bien distinto.
¿Qué ha sucedido en estos años para que esa promesa de unión familiar,
de diversión en común, de culturización, de difusión informativa, de
entretenimiento, se haya convertido en un auténtico riesgo para la familia?
Si analizamos los cambios sociales que se han producido tendremos
nuevamente que preguntarnos, ¿quién ha cambiado la sociedad, la televisión o
por el contrario ha sido la televisión la que ha cambiado esta sociedad? Si
reflexionamos seguramente han sido ambas cosas.
Una sociedad progresivamente opulenta, muchas veces basada en el
trabajo del padre y de la madre, ha hecho que los niños pasen muchas horas
solos y la televisión se haya convertido en su niñera.
Un poder adquisitivo elevado y la mayor oferta de canales han
dispersado la familia en las distintas estancias de la casa, lo que
imposibilita un control sobre los contenidos y un individualismo. Lo que fue un
elemento congregador se ha convertido en un elemento dispersador. Los niños y
jóvenes solos, con infinidad de oferta, sin control de padres y las autoridades
que ni siquiera respetan los contenidos en los horarios protegidos y con un
progresivo deterioro de la ética social que solo persigue audiencias cada vez
más morbosas, exhibicionistas y lacrimógenas, nos encontramos ante un panorama
que podemos calificar de desolador. Mientras estamos en unos niveles educativos
cercanos al tercer mundo, nuestros niños y adolescentes pasan varias horas
diarias frente al televisor recibiendo sin ningún espíritu crítico, porque
carecen de él, todo aquello que de forma intencionada manipula y aborrega sus
mentes destruyendo en muchas ocasiones la inocencia o cualquier atisbo de
raciocinio y convirtiéndose en el medio educativo más potente con unos
estereotipos a imitar que podemos calificar de nefastos.
Aquí y a modo de ejemplo podemos citar deportistas, a menudo tatuados
hasta la extenuación, agresivos, de lenguaje vulgar, materialistas,
insolidarios, histriónicos, con conductas poco ejemplares o modelos de pasarela
que incitan a la anorexia, símbolos eróticos, etc. Políticos destructores de
idealismos, utilitaristas, a veces corruptos insensibles poco propicios al bien
común, al servicio, lo que instala en nuestros jóvenes un sentimiento de
contestación y protesta poco constructivo.
Si todo lo descrito anteriormente ya nos produce escalofrío, qué decir
de los puntos que nos quedan que yo juzgo los más importantes.
La incitación constante al consumismo que tanta frustración produce en
los más influenciables y al final en todos y de la transmisión de ideologías,
impuestas una y otra vez a “machamartillo” presente en todos y cada uno de los
programas ya sean series, telediarios, documentales, tertulias, cine o
concursos musicales, valga como ejemplo el último Festival de Eurovisión .
Pero si tenemos una visión tan negativa y tan perniciosa de este medio
por qué lo tenemos en nuestras casas y ocupa tantas horas en nuestro día y por
qué se lo ofrecemos con tanta facilidad a nuestros niños. San Juan Pablo II
dijo en una ocasión que “los medios de comunicación cada día son acogidos como
huéspedes habituales en muchos hogares y familias”, pues eso la televisión es
un huésped en nuestra casa y además ha venido para quedarse y como tal tenemos
que saber tratarlo.
Quizás aquí la clave nos la diera la Guía para padres y educadores de
la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social en el que la Dra. Mª
Rosa Pinto Lobo nos cuestiona el modo de ver la televisión en familia: “Los
medios de comunicación social están en nuestras vidas. Es responsabilidad
nuestra que lo que ellos nos ofrecen diariamente se convierta en un riesgo o en
una inmensa riqueza”.
Ver los programas en familia, seleccionando contenidos, marcando
horarios, resaltando valores, criticando aspectos negativos. Desenchufar o
enchufar el televisor en el momento apropiado, no tenerla de fondo y nunca
mientras se come en familia o se comparten opiniones destacando los programas
que consideremos útiles, culturales o de esparcimiento, no ceder a los
chantajes o presiones de los niños y menos fuera de los horarios
preestablecidos. Nunca tener un televisor en las habitaciones de los niños o
fuera de nuestro control, denunciar cuando veamos que la programación vulnera
nuestros derechos de familia o ataca y denigra nuestras creencias.
Para esto sería importante asociarnos las familias que nos sintamos
afectadas y también sería útil tomar medidas de presión con el no consumo de
los productos publicitarios que los patrocinan.
