LA COMUNIÓN PASCUAL Y LA PRIMERA COMUNIÓN

El encuentro con Cristo durante la Pascua


          La Comunión pascual -aquel ‘comulgar por Pascua Florida’ del catecismo- es uno de los  cinco preceptos o ‘mandamientos’ de la Iglesia. Una prescripción que, lejos de ser arbitraria, está llena de sentido y valor para el discípulo del Señor


Un precepto lleno de sentido: el encuentro de Cristo Resucitado también con el discípulo de hoy


          Jesús, que nos mandó comulgar con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies eucarísticas (‘tomad y comed todos de él’), no estableció una determinada frecuencia para cumplir ese dulce ‘mandato’,


          La Iglesia tampoco ha prescrito la comunión eucarística siempre que se participe en el santo Sacrificio del Señor, en la Santa Misa, aunque la recomiende vivamente. Prefiere en cambio que cada uno examine su conciencia en cada caso, como pide San Pablo (cfr. 1 Cor, cap 11), para ver honradamente si se encuentra en condiciones. La comunión debe en cualquier caso ser recibida con fe, con limpieza de corazón, con el alma purificada de los pecados graves mediante la penitencia.


          En cambio, con el tiempo sí ha llegado a establecer la norma de que todos nos acerquemos a comulgar durante el tiempo pascual al menos alguna vez. Tiene la lógica de celebrar la Resurrección de Jesús: nosotros, sus discípulos de hoy, nos encontramos hoy -por así decir- con el Señor resucitado en la Comunión sacramental, como se encontraron con Él aquellos primeros después de la Resurrección.


          Más allá del mandato, comulgar con el Cuerpo y la Sangre del Señor es una invitación (y un inmerecido honor, como don de amor que es), además de una necesidad de la economía salvífica: nadie, en efecto,  puede salvar su alma –su vida ni su destino- sin la comunión con Jesucristo, Salvador de la humanidad y de cada hombre; y esto es así tanto en en lo grande como en lo pequeño, en el conjunto de la vida y en lo que vamos a hacer hoy.


          La Iglesia ha añadido además el precepto de la confesión sacramental previa –salvo en algunas circunstancias muy especiales-, si se tiene conciencia de haber cometido un pecado mortal, aunque uno lo haya purificado interiormente mediante la penitencia del alma. Así lo expresa uno de los ‘mandamientos’ de la Iglesia: ‘confesar los pecados mortales al menos una vez al año, o en peligro de muerte, o si se ha de comulgar’


Tiempo adecuado para la Primera Comunión


          El tiempo pascual, que discurre desde el Domingo de Resurrección hasta la fiesta de Pentecostés, cincuenta días más tarde, es también un tiempo muy adecuado para recibir la Primera Comunión, para comulgar por vez primera con Cristo vivo, resucitado


          La catequesis más importante para esta Primera Comunión es la que realizan los padres hablando de tú a tú con su hijo sobre el acontecimiento y su significado en conversaciones más o menos informales, en las que el hijo percibe la fe de sus padres y el interés vivo que tienen en que él comprenda su significado más hondo. Por eso conviene prepararse bien… los padres. Un buen modo es leer despacio y meditar lo que el Catecismo de la Iglesia Católica o su Compendio enseñan sobre la Eucaristía, para poder transmitirlo luego gradual y progresivamente.


          En esas conversaciones no parece suficiente –aunque es muy bueno- decirle que va a hacer algo muy importante porque va a recibir a Jesús. Es bueno desmenuzarle un poco lo que significa ‘recibir a Jesús’ en el sentido no solamente material, es decir: unirse con él, a su Persona, a su peripecia vital en la tierra, a su enseñanza;  recibir su abrazo, empezar a vivir con él y como él participando de su propia historia y misión… en fin, por supuesto cada padre o madre ha de encontrar el tono y los contenidos. En cualquier caso, se trata de que comprendan que Jesús está vivo aunque sea de modo invisible para nuestros ojos, porque resucitó, y entra en contacto vivo con nosotros a través del signo eucarístico: el Pan y Vino consagrados en su Cuerpo y su Sangre. Se trata de transmitir al hijo la verdad maravillosamente explicada por Juan Pablo II en su Encíclica sobre la Eucaristía:


          La incorporación a Cristo, que tiene lugar por el Bautismo, se renueva y se consolida continuamente con la participación en el Sacrificio eucarístico, sobre todo cuando ésta es plena mediante la comunión sacramental. Podemos decir que no solamente cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros. Él estrecha su amistad con nosotros: « Vosotros sois mis amigos » (Jn 15, 14). Más aún, nosotros vivimos gracias a Él: « el que me coma vivirá por mí » (Jn 6, 57). En la comunión eucarística se realiza de manera sublime que Cristo y el discípulo « estén » el uno en el otro: « Permaneced en mí, como yo en vosotros » (Jn 15, 4). (n. 22)


Un buen regalo para una Primera Comunión


          Es importante también procurar que entre los regalos que reciba esté alguno de sentido religioso -una medalla, una pequeña cruz-, o que le pueda ayudar en la formación de su incipiente pensamiento religioso: vale la pena asesorarse y comprarle algún o algunos libros ilustrado, videos, etc.