CENICIENTA
Pocos directores están tan acostumbrados a la fidelidad
literaria como Kennetk Brangh. Sus escrupulosas
adaptaciones de Shakespeare le
convierten en el realizador idóneo para una obra en la que no se busca la originalidad
sino la exactitud al texto.
Por eso, esta Cenicienta, quizá peca de ausencia de sorpresas.
Es la historia tal y como la conocemos.
Sin embargo, Branagh
convierte el relato en un producto barroco, visualmente muy rico, recargado en
colores y en sentimientos. Véase ese vestuario, los salones de los palacios, el
detallismo. Pero también su sorprendente interés por los personajes, su preocupación
por otorgarles profundidad.
El director reduce la magia al mínimo, aunque cuando
la emplea (la carroza en su doble transformación, los ratoncillos…) resulta
espectacular. Prefiere detenerse en los matices psicológicos y la personalidad,
con atención al drama.
Eso no significa que se ponga excesivamente serio.
Tiene golpes de humor muy divertidos y juguetones.
Película
entretenida, pero más vistosa que emocionante.
